ÀQuŽ confiesan las Confesiones?

 

Oscar Vel‡squez

 

Tœ eres el œnico objeto de la escritura y su œnico contenido.

                                               La confesi—n de Agust’n

Jean‑Fran�ois Lyotard

 

            A mediados del siglo III de nuestra era, en Roma, un fil—sofo de procedencia egipcia no quer’a saber nada de pintores ni escultores. La raz—n: Òparec’a avergonzado de estar en un cuerpoÓ. El sabio era Plotino; y habiŽndole pedido su principal colaborador, Amelio, que se prestase para un retrato suyo, se neg—, considerando que ya era mucho sobrellevar la imagen, la ÔefigieÕ (Židolon) que nos envuelve para a–adir a esta, Òel Židolon de un ŽidolonÓ.[1] Carterio, que as’ se llamaba Òel mejor de los pintores de su tiempoÓ, con la complicidad de Amelio, y mientras se hac’a pasar por devoto estudiante, lo observaba con detenci—n para poder captar mentalmente sus rasgos de la forma m‡s parecida posible. Esta fue tal vez la causa de la existencia, en la tradici—n occidental, de diversos bustos que se supon’an de Plotino, si bien uno, el m‡s famoso de hecho entre aquellos, se encuentra en el museo Ostiense, del antiguo puerto de Roma Ostia tiberina. Las proporciones cl‡sicas de perfecci—n ideal han desaparecido de ese rostro, que conserva sin embargo una impresionante nobleza, toda espiritual, como volcada en su mirada a la contemplaci—n interior de espect‡culos mucho m‡s bellos que los ojos de la carne jam‡s hubieran podido contemplar. Las Confesiones son la obra m‡s plotiniana de Agust’n, pero reflejan los dram‡ticos cambios que, en el transcurso de un siglo se hab’an suscitado en Žl y en el mundo a su alrededor.[2] El gran pensador pagano dejaba una herencia ambivalente: la interioridad, espacio inteligible del hombre en que la divinidad pod’a ser hallada, continuaba conservando su lugar esencial; la desvalorizaci—n de la efigie y la forma exterior, en cambio, junto a ciertos sentimientos encontrados acerca de la individualidad, habr’a hecho imposible realizar un retrato como el que Agust’n realiza de s’ mismo en Confessiones. Podr’a resultar chocante hablar demasiado de s’ mismo, por mucho que ya para Agust’n los acontecimientos personales pod’an reflejar, con sorprendente lucidez, todo ese mundo espiritual en que se supon’a habitaba la divinidad.

Agust’n emprende as’ la tarea de escribir sus Confesiones ca. el 397, a los cuarenta y tres a–os. Diez hab’an transcurrido de su bautismo a manos de Ambrosio en Mil‡n, de la renuncia a su c‡tedra de ret—rica y del regreso a esa misma ciudad desde su retiro en Cassiciacum. Viv’a ahora en el activo puerto de Hipona y hac’a dos que era obispo, y desde el a–o anterior –a la muerte de Valerio– ocupaba en plenitud la sede episcopal de la ciudad. Seis a–os antes hab’a llegado a Hipona, Òpara ver a un amigoÓ (segœn cuenta mucho m‡s tarde)[3]; y aqu’, dice, Òme apresaron, fui hecho sacerdote, y as’ lleguŽ al grado del episcopadoÓ. Muy probablemente tres a–os despuŽs, hacia el 400, su trabajo estaba totalmente terminado. La iglesia donatista, por otra parte, mantiene aœn su vigor en esta œltima dŽcada del siglo IV en gran parte del çfrica centro‑occidental, es decir, en Numidia, çfrica proconsular y Bizacena, de modo que en estos primeros a–os de su labor episcopal el cisma de la Iglesia ser‡ un motivo para Žl de continua preocupaci—n no solo pastoral sino tambiŽn intelectual y pol’tica. En esas circunstancias, uno se puede preguntar cu‡les pudieron haber sido las razones para emprender la confecci—n de una obra tan singular despuŽs de los impecables di‡logos filos—ficos escritos en Italia entre el 386‑388, y sus primeros libros religiosos escritos en çfrica a partir de su retorno a Cartago ese mismo a–o, y a Tagaste, su ciudad natal. Por mucho que estos di‡logos revelan una agudeza intelectual y filos—fica de primera magnitud, ellos se enmarcan perfectamente en la tradici—n del di‡logo socr‡tico naturalizado por Cicer—n en la mentalidad latina. Muy pronto, ya en Hipona como presb’tero, habr‡ de terminar su quiz‡ œltima obra propiamente filos—fica, de libero arbritrio II‑III (391), y aumentar‡n sus tratados sobre las Escrituras sagradas. Hasta el a–o del inicio de sus Confesiones, por consiguiente, Agust’n ha completado no solo obras importantes de car‡cter filos—fico, exegŽtico, doctrinal y  apologŽtico –en este œltimo caso especialmente contra la secta maniquea– sino tambiŽn ha iniciado la confecci—n de libros importantes que, en algunos casos le tomar‡n m‡s de veinte a–os, como las Enarrationes in Psalmos (392‑420), de doctrina christiana (396‑426) y de Trinitate, su obra maestra de inspiraci—n teol—gica (399‑419). Como un dato significativo se puede ver que coinciden con las Confesiones obras de car‡cter antimaniqueo (aparte de otras escritas a fines de la dŽcada anterior) como Contra epistolam quam uocant fundamenti (396), Contra Faustum Manichaeum (397‑398), Contra Felicem Manichaeum (398), de natura Boni contra Manichaeos (399) y Contra Secundinum Manichaeum (399). La contemporaneidad de estos escritos con la redacci—n de sus Confesiones revela al menos que una de sus principales preocupaciones durante esta Žpoca de su vida estaba en la polŽmica en contra de las antiguas creencias maniqueas. Las ideas de la secta lo mantuvieron sujeto durante nueve a–os; y sus arduos esfuerzos por liberarse de ellas repercute aœn en su presente como parte de un pasado con el que es preciso ponerse de acuerdo.

            Porque uno de los aspectos distintivos que es posible discernir como determinante en este complejo libro est‡ la intensidad de la bœsqueda por reconciliarse con el tiempo anterior. No es un libro de meras reminiscencias sino una vuelta a un pasado vital, y en cuya lectura, como afirma Peter Brown: Òuno constantemente experimenta la tensi—n entre el entonces del joven y el ahora del obispoÓ.[4]  Y uno se puede razonablemente preguntar acerca de los motivos profundos que lo indujeron finalmente a la confecci—n de la obra, debido a la novedad impresionante del car‡cter del escrito. Mucho se ha comentado sobre posibles antecedentes literarios a esta suerte de autobiograf’a intelectual; y se han hallado ciertas memorias ya en tiempos romanos, en que el temperamento de muchos de sus prohombres se caracterizaba por ese sentido de lo concreto y por una voluntariosa capacidad de cultivar lo personal. Ya en el siglo IV a. C. Ev‡goras de Is—crates y Agesilao de Jenofonte surgen como una forma aut—noma de biograf’a con antecedentes en el enkomion ret—rico y la literatura socr‡tica. De aqu’ se puede decir que hay un desarrollo constante de la biograf’a, que en forma especial continu— evolucionando en los siglos inmediatamente anteriores a los de Agust’n, y que se cultivaba con acabada perfecci—n; y se puede mencionar tambiŽn una l’nea hagiogr‡fica, tanto cristiana como pagana, donde destaca la notable vida de Plotino de Porfirio. No habr’a que olvidar, junto a estas vidas de santos los relatos mismos de los Evangelios en cuanto vidas de Jesœs, que narran sus dichos y sus hechos. Ni deber’a pasar inadvertido a un lector atento el que las Confesiones tienen en su germen precisamente el modelo de los Evangelios, si reducimos la obra de Agust’n a la situaci—n b‡sica de lo que all’ se dijo e hizo. Hay tambiŽn aqu’ un descenso a las situaciones elementales de la vida, que revelan per’odos de dolor y angustia, y un momento decisivo de resurrecci—n.[5] Por otra parte, a los textos y autores mencionados por los especialistas me parece pertinente a–adir al historiador Salustio (86‑35 a. C), ya nombrado por Agust’n en los di‡logos de Cassiciacum como lectissimus pensator uerborum (Òselect’simo tasador de palabrasÓ) y muy admirado por Žl a lo largo de toda su vida.[6]  Me refiero en especial a los notables retratos biogr‡ficos del Bellum Catilinae y el Bellum Iugurthinum, en que la profundidad psicol—gica de los personajes adquiere un poder dif’cil de igualar en la literatura latina posterior.

            Es posible decir, en consecuencia, que los tiempos est‡n maduros en la civilizaci—n grecorromana para este giro decisivo de la biograf’a a la autobiograf’a, en que los ÒesbozosÓ anteriores, frente a la s—lida consistencia de las Confesiones adquieren, en palabras de Pierre de Labriolle, Òun car‡cter demasiado fragmentarioÓ.[7] Por eso que la pregunta, en primer lugar, de porquŽ unas Confesiones, y quŽ lo que ellas confiesan cobra mayor complejidad debido al car‡cter singular del suceso. Los mismos contempor‡neos lo vieron as’. La respuesta, sin embargo, no podr‡ tener las caracter’sticas de un resultado preciso, siendo ella la consecuencia de numerosos condicionamientos que van de lo social, cultural y pol’tico hasta lo m‡s ’ntimo y personal. Mi esfuerzo entonces se debe encaminar siguiendo solo algunas sendas que permitan clarificar aspectos esenciales del problema.

            Una confessio en el lat’n cl‡sico significaba ÒreconocimientoÓ, Òadmisi—nÓ, en especial, en detrimento de uno mismo; de ah’ que tomara tambiŽn el sentido de Òadmisi—n de culpabilidadÓ. En tiempos cristianos, en especial en per’odos de persecuci—n, se trat— de una confesi—n de fe cristiana delante de una corte; y asimil— los sentidos de la ejxomolovghsiõ de la Septuaginta y el NT, como confesi—n de una falta y, en un sentido tambiŽn muy propio de la Escritura, como acci—n de gracias. En Agust’n se refleja claramente ese desarrollo de la lengua latina bajo el influjo cristiano y la Biblia griega, de modo que la palabra confessio manifiesta dos sentidos valiosos para nuestra encuesta, a saber, confesi—n de los pecados y reconocimiento de la fe en Dios. Esta œltima idea lleva impl’cito un sentido antes desconocido de la lengua cl‡sica, por el que, mediante una confessio se se–ala una acci—n de reconocimiento de la grandeza de Dios. De ah’, finalmente, se llega a ÒalabanzaÓ, que es producto de un sentimiento de gratitud.[8] Al final de su vida, en sus Revisiones Agust’n afirma que ÒLos trece libros de mis Confesiones alaban al Dios justo y bueno tanto por mis buenas como por mis malas acciones, e impulsan hacia Žl el entendimiento humano y el afectoÓ.[9].

            Ahora bien, este breve recorrido etimol—gico y sem‡ntico nos proporciona solo una pauta; la verdadera bœsqueda debe entonces comenzar, puesto que los estudiosos han planteado como respuesta general a estos asuntos la posibilidad de que Agust’n escribi— este libro tan singular con la intenci—n de hacer una apolog’a de su propia vida. DespuŽs de pertenecer por nueve a–os a la secta maniquea y luchar posteriormente en forma creciente contra el cisma donatista en çfrica, Žl se hab’a transformado en el m‡s formidable defensor de la ortodoxia cat—lica y en un enemigo de muchos hombres influyentes en toda la provincia. Es comprensible que haya sido as’, y de hecho fue as’, pues fue acusado por los donatistas de ser todav’a un maniqueo, y por los maniqueos de haber dejado su iglesia por temor a la persecuci—n estatal.[10] En mi intento por sintetizar lo m‡s posible esta presentaci—n y enderezarla hacia los temas que me interesa discutir, me parece evidente que las Confesiones tienen poco de una apologia pro vita sua, habiendo un claro contraste en este caso con la obra apologŽtica m‡s importante de todas las de Agust’n, la Ciudad de Dios. Nuestro autor es un agudo polemista, y me parece indudable de que si se tratara en primer lugar de una defensa de s’ mismo, el tono personal de ella no habr’a tomado desde el inicio el car‡cter de una plegaria continua a Dios Padre y a su Hijo Jesucristo; ni hubiera presentado aspectos que Žl consideraba oscuros de su propia vida con tan brillante sinceridad. Otra cosa es que se puede perfectamente entender que Agust’n es consciente de los efectos positivos que sus relatos pod’an tener sobre todo ante un lector cat—lico y predispuesto a la simpat’a. Ser’a entonces dif’cil de entender la ingenuidad de culparse a s’ mismo de muchas faltas, ante el resultado previsible de tantos adversarios y enemigos que habr’an de utilizar las confesiones de su autor como evidencias en su contra.

            Mas cerca, entonces, de una posible explicaci—n podr’a estar la idea de considerar las Confesiones como un acto de terapia personal. El enfermo busca la restituci—n de su salud mediante la palabra que pone al descubierto la culpa. Queda en consecuencia expuesta la enfermedad, que en buena medida consiste en que, est‡ all’ encubierto pero en potencia aquello cuya sola presencia da–a el alma. El instrumento que puede sanar es la palabra, que cuenta y hace manifiesto aquello o parte de aquello que corroe internamente la conciencia; y lo que Agust’n al parecer intenta es descargar en este caso una ansiedad que est‡ presente en el coraz—n al modo de una dissipatio (Conf. VIII, 22).

 

Cuando yo reflexionaba, dice, c—mo podr’a ya servir al Se–or mi Dios del modo que ten’a dispuesto hac’a tiempo, era yo quien quer’a, yo quien no quer’a, yo, era yo. Ni del todo quer’a, ni del todo no quer’a. Por eso luchaba conmigo mismo y me disociaba (dissipabar) de m’ mismo, y aunque esta misma disociaci—n (dissipatio) se produc’a a pesar m’o, no exhib’a la caracter’stica de otra persona, sino el castigo de la m’a.

            La enfermedad est‡ en esa dissipatio, que se manifiesta de hecho al modo de una dubitatio (que en este caso, ya convertido a la fe cat—lica, es duda ante la acci—n). Son los momentos previos a la escena del jard’n de Mil‡n. Esta voluntad dividida Žl la ha percibido justamente como una enfermedad, una aegritudo animi (VIII, 21). Ella se muestra adem‡s cual perturbaci—n de la mente, una ÒansiedadÓ (aestus meus, VIII, 19; aestibus), en medio de una Òdisputa ardienteÓ (19) del alma consigo misma. Se debe tener presente, sin embargo, que si este es un acto de terapia espiritual, Žl parece realizarse pr‡cticamente sin articulaci—n de la voz sino con palabras interiores dirigidas a s’ mismo y a la divinidad. Son los gestos sin embargo los que abundan, las l‡grimas, el tumulto de una controversia in corde (27). En el desenlace (exitum, 27) de este acto de purificaci—n decisiva, eso que Žl considera su miseria (28) es literalmente extra’da (traxit, 28) y acumulada (congessit) ante el propio Agust’n desde un fondo secreto, ’ntimo (a fundo arcano), por la acci—n de un examen o mirada profunda (alta consideratio) de s’ mismo.[11] Esa intensa consideratio alcanza hasta las entretelas del cor y rescata desde el abismo esa suerte de tiniebla escondida all’. Esta miseria, en lat’n, es en castellano Òaflicci—n, penaÓ (o porquŽ no, ÒmiseriaÓ) y simboliza al mismo tiempo la causa y el efecto enquistado; y en ese estar all’ de aquello consiste la condici—n aflictiva de su alma.

            No trato aqu’ el tema de c—mo Agust’n supera su crisis final en la lectura del texto de San Pablo, que toma inmediatamente despuŽs del tolle, lege del jard’n. Me interesa m‡s ahora el desarrollo de la enfermedad misma, del desasosiego interior y de los medios de curaci—n. En este sentido se puede decir en general que hay Òuna cierta continuidad entre la acci—n mŽdica del Salvador, y la virtud medicinal de la Sagrada escrituraÓ.[12] Este es un punto, entre otros muchos que puede inspirar una investigaci—n sobre todo en este texto esencial de las Confesiones. El mero encuentro entre los ojos que miran y el texto sagrado que ante esa mirada se manifiesta, es ya para Agust’n un motivo de certeza, una se–al indudable de la voluntad del Creador. Pero Jesœs sana: medicus es, aeger sum; misericors es, miser sum (X, 39). Esta frase sintetiza un punto medular. Agust’n confiesa y se reconoce enfermo ante Dios y conoce su misericordia; pero la salud espiritual que busca mediante la terapia de la confesi—n Žl sabe ahora que se logra obrando la verdad en el coraz—n, delante de Dios, que es la verdad. No solo en s’ mismo como s’ mismo, ni delante de otro, ni ante un experto. Ah’ est‡ la diferencia con una mera explicaci—n psicol—gica del relato. El texto es inequ’voco al dirigirse a la divinidad: ÒPorque Ámira! tœ amaste la verdad, ya que quien realiza la verdad viene hacia la luz. Yo quiero realizarla en mi coraz—n delante de ti en mi confesi—n, y tambiŽn en mi acto de escribir delante de numerosos testigosÓ (X, 1). La confesi—n, en consecuencia, tiene claramente dos momentos que se yuxtaponen y fortalecen el uno al otro. Lo que va quedando entonces de manifiesto son al menos dos cosas: algo que se hace (a) in confessione, es decir, que Agust’n confiesa a Dios una enfermedad que alguna vez tuvo y de la que por gracia del mismo Dios san—. Ese fue un asunto de Žl con Dios, con Žl, con la Verdad en ese entonces, y entr— en relaci—n con lo divino en un intenso di‡logo interior (y cuyo aprendizaje inicial, conviene recordar, le fue proporcionado por su lectura de los libri platonicorum). Fue un acto de confesi—n, y de gratitud y alabanza. Y, luego, algo que se realiza (b) in stilo, es decir, su confesi—n en la acci—n de escribir, es decir, en el libro que Žl escribe, por el que manifiesta a muchos otros, varios a–os despuŽs, esos acontecimientos vividos. El primero es el antes, el segundo, el ahora. Es adem‡s un acto de confesi—n, de reconocimiento de su miseria, de su recuperaci—n y gratitud.

            No es, por consiguiente, un mero tema de introspecci—n psicol—gica. En el encuentro con Dios Verdad est‡ el origen de su recuperaci—n. Este encuentro se expresa como un descubrimiento, como un hallazgo, que precede y conduce a un conocimiento de la divinidad. Es un acto de intelecci—n superior del esp’ritu humano, una iniciaci—n augural, el momento del despliegue de la revelaci—n en el alma de la presencia de una relaci—n entre el hombre y Dios, que permanec’a all’, en la memoria, como olvidada antes, pero recobrada: ÒPorque donde encontrŽ la verdad all’ encontrŽ a mi Dios la verdad misma, de la que no me he olvidado desde que la hallŽÓ.[13] Es una memoria que permanece (manes/ubi manes) en el hombre mismo, en su esp’ritu; y all’ parece ser donde se realiza el acto de salud, pues Agust’n relaciona el hecho de que Dios permanece en la memoria (manes in memoria mea), a que Dios le ha dado su misericordia Òdirigiendo la mirada a su pobrezaÓ (ibid.). He aqu’ entonces que Dios est‡ dentro (intus eras), y para sanar, el hombre debe estar tambiŽn volcado en forma intensional hacia dentro, no hacia fuera, puesto que debe estar all’ donde Dios toca, inflama y da la paz: Òme tocaste, dice, y me hallŽ inflamado en tu pazÓ (X, 38).

            Las Confesiones, entonces, integran vitalmente el pasado al presente, cosa que hace posible una compenetraci—n natural entre la confesi—n y la alabanza, los dos extremos sem‡nticos de la confessio. Agust’n en consecuencia confiesa quiŽn fue, c—mo vivi— y c—mo se hall— en cierto momento con la Verdad, Jesucristo; pero la confessio de Agust’n tiende un arco vital entre el ayer y el hoy, ante la presencia eterna de ese Dios que ahora alaba en el hacer mismo del relato. De ah’ que la confessio as’ entendida supone una concepci—n espiritual de un tiempo fundado en el yo, en cuyo interior hay una suerte de espacio de eternidad en que mora lo divino. Tiempo del yo, duraci—n espiritual, vida. Eso donde es posible el encuentro es Òin te supra meÓ (X, 37). La frase completa dice: ÒÀD—nde te encontrŽ por tanto de modo que pudiera conocerte, sino en ti antes de m’?Ó. Entiendo ÒantesÓ, a diferencia de intŽrpretes que traducen el supra espacialmente, Òsobre m’Ó. Porque ÀquŽ significado puede tener el hablar de dimensi—n en un texto en que se niega el espacio?; y el ut, adem‡s, es Òde modo queÓ, no un Òpara queÓ. Supra, entonces, es aqu’ temporal, earlier, y Henry Chadwick lo entiende bien, before.[14] Es all’ donde el antes y el ahora se funden en la experiencia vital del hallazgo. ÒY no hay lugarÓ, agrega, como si dijera, entre tœ y nosotros, en esta experiencia espiritual, ya que Ònos alejamos y nos acercamos: sin que haya en ninguna parte lugarÓ (X, 37).

Ahora bien, la confesi—n de Agust’n se hace antes que nada y en forma esencial tacite ante la presencia de Dios (in conspectu tuo, X, 2); una confesi—n en que el abismo de la consciencia humana es el espacio espiritual en que se oculta lo que aqu’ se confiesa (X, 1). Se declara ante Dios lo que la divinidad ya conoce, por eso que este acto de reconocimiento va acompa–ado de oraci—n y alabanza. En segundo lugar, Žl se confiesa a Dios, ahora, Òpara que escuchen los hombres, dice, a quienes no puedo probar, si es verdadero lo que confieso, pero me creen aquellos a quienes la caridad abri— sus o’dosÓ (X, 3). M‡s adelante, a fines del libro dŽcimo, se hace presente un tema que me hubiera gustado revisar, el de la mentira (mendacium, X, 66), puesto que ella repercute en la esencia misma de una confesi—n que se hace, especialmente aqu’, ante Jesucristo, Verdad, el œnico mediador verdadero. ÀQuŽ puede confesar quien no confiesa la verdad? La palabra del hombre puede ser enga–osa: ÒPor eso te perd’, dice, porque tœ no toleras que se te pueda poseer junto con la mentiraÓ (ibid.). Se confiesa mentiroso, pero el mediador levanta, y como un mŽdico sana los languores, es decir, los decaimientos de ‡nimo, las depresiones, en cuanto ellas expresan un estado de abatimiento f’sico y moral. Pero, adem‡s, este estado de ÒlanguidezÓ deja al descubierto la incertidumbre del alma. Conjetura con acierto Lyotard al poner en boca de Agust’n la siguiente consideraci—n: ÒBajo tus ojos me he convertido a m’ mismo en una interrogaci—n, y es esto, esta languidez, languor, lo que ahora soyÓ.[15] ÀEst‡ Agust’n expresando sentimientos pretŽritos o presentes en estos pasos de sus Confesiones? Ambos, dir’a yo, en especial por el uso de verbos en presente sobre situaciones que se prolongan desde el pasado. Y reforzando este sentimiento, mientras se dirige al Padre sobre el Mediador que siempre intercede por nosotros, dice: ÒSin eso perder’a la esperanza; porque mis estados de abatimiento (languores) son grandes, son numerosos y grandes, pero tu medicina es mayorÓ (X, 69).[16]  La esperanza se–ala una posibilidad abierta hacia una recuperaci—n futura.

La conclusi—n de este libro X est‡ estrechamente relacionada con el siguiente, como lo ha se–alado M. Pellegrino,[17] sobre todo por el tema comœn de la confessio scientiae et ignorantiae. Ahora bien, era en el libro X donde Agust’n parec’a referirse quiz‡ con mayor claridad sobre el sentido de sus confesiones. El punto estaba en la verdad (magistralmente relacionado con el tema de la mentira, planteado tambiŽn en el mismo libro). Es por la verdad por la que confiesa; y puesto que Dios es la verdad, confes‡ndose con la Verdad mediante un di‡logo con el Dios que vive en su propia alma, realiza en su interior la salud que busca. Tal vez fue preciso contar de nuevo, m‡s de diez a–os despuŽs, la historia de este encuentro vital con su propia interioridad, en la medida que Agust’n juzg— necesario manifestarlo ahora a los dem‡s por ciertas razones que Žl mismo se–ala en un paso crucial de la obra, cuando concluida la fase propiamente biogr‡fica y personal entre los libros IX y X, al iniciar en el libro XI sus meditaciones sobre los primeros vers’culos del GŽnesis, dice:

 

ÀSe puede decir, Se–or, que puesto que es tuya la eternidad ignoras lo que te digo, o ves en el tiempo lo que sucede en el tiempo? ÀA quŽ vienen las narraciones detalladas de tantos acontecimientos? Por cierto que no para que los conozcas por m’, sino que levanto hacia ti mi afecto y el de aquellos que los leen, para que todos digamos: grande eres Se–or, y muy digno de alabanza. Ya lo dije y lo dirŽ: hago esto por el amor de tu amor . . . Manifestamos as’ nuestro afecto hacia ti haciŽndote la confesi—n de nuestras aflicciones y de tus misericordias sobre nosotros . . . Mira como narrŽ muchas cosas, las que pude y las que quise, porque tœ quisiste primero que te confesara, Se–or Dios m’o. . . (XI, 1).

Se expresa as’ de nuevo la relaci—n eternidad tiempo. Mediante el di‡logo del alma con Dios y la relaci—n  de sus miserias, y sus alabanzas dichas por su salvaci—n, se ven los objetivos de su confesi—n personal: Agust’n manifiesta haberse sanado en un tiempo anterior, y se siente confirmado al presente en su salud mediante el relato y la escritura que ha logrado realizar. Y si el lector a su vez se edifica con sus palabras, parece indicar, que Dios sea entonces alabado, puesto que ese es el objetivo œltimo de su confesi—n.

 

Clase inaugural del a–o acadŽmico 2004

Facultad de Filosof’a

Pontificia Universidad Cat—lica de Chile

 



[1] Porfirio, Vita Plotini 1. 9.

[2] P. Brown, Augustine of Hippo, London 1967, p. 168: ÒThe Confessions, indeed, are the high‑watermark of AugustineÕs absorption of the Enneads: in them, he will talk the language of his master with greater conviction and artistry than in any other of his works. But all this has been transformedÓ.

[3] ÒApprehensus, presbyter factus sumÓ; Serm—n 355, 2 pronunciado en Hipona el a–o 425.

[4] P. Brown, Augustine of Hippo A Biography, London 1967, p. 164.

[5] Confesiones VIII, 29: ÒSurrexiÓ

[6] Ver  H. Hagendahl, Augustine and the Latin Classics, Goteborg 1967, p. 636.

[7] P. de Labriolle, Saint Augustin Confessiones tome I, Paris 1969, p. VIII.

[8] ÒAut enim in laude intelligitur confessio. . . aut dum quisque confitetur sua peccata. . .cujus indeficiens est misericordiaÓ, Isidoro de Sevilla Etim.. 6. 19. 75, G. W. H. Lampe A Patristic Greek Lexicon, Oxford 1978 (1961).

[9] Oeuvres de Saint Augustin 12 Opuscules, Retractationum Liber II, VI, 1, edici—n bilingŸe por G. Bardy, Biblioth�que Augustinienne, Paris 1950, p. 460.

[10] Su vida tambiŽn corri— peligro. Ver, Vida de San Agust’n escrita por Posidio, BAC Madrid 1969, pp. 319–321.

[11]  Henry Chadwick traduce justamente consideratio como Òself‑examinationÓ en Saint Augustine Confessions Oxford University Press 1991 p. 152.

[12] Samuel Fern‡ndez Eyzaguirre Cristo MŽdico, segœn Or’genes La actividad mŽdica como met‡fora de la acci—n divina, Roma 1999, p. 277

[13] ÒUbi enim inueni ueritatem ibi inueni deum meum ipsam ueritatem, quam ex quo didici non sum oblitusÓ, Confessiones X, 35.

[14] H. Chadwick, Saint Augustine Confessions, Oxford University Press, 1991, p. 201.

[15] Jean‑Fran�ois Lyotard, La confesi—n de Agust’n, versi—n espa–ola, Buenos Aires/Madrid, 2002, p. 90; cf. Ibid. p. 45, Òpostraci—nÓ. Agradezco a la Profesora Giannina Burlando el haberme advertido sobre este bello libro de Lyotard.

[16] Confessiones 10, 69: Alioquin desperarem. Multi enim et magni sunt idem languores, multi sunt et magni; sed amplior est medicina tua.

[17] M. Pellegrino, Les Confessions de S. Augustin, p. 233.