SENSIBILIDAD VISUAL EN EL UNIVERSO

MORAL DE LA ODISEA *

 

A la Profesora Hna. Anneliese Meis

 

Jorge Oscar Vel‡squez

Profesor de la Facultad de Filosof’a,

Pontificia Universidad Cat—lica de Chile

 

En el trabajo se hace una revisi—n de algunas caracter’sticas generales de la lengua griega, de ciertos aspectos de la "cuesti—n homŽrica", y, finalmente, de la importancia de la tradici—n oral. Se hacen tambiŽn breves consideraciones en torno al asunto de las formulae y los temas. Mediante el estudio de la visualidad, se intenta penetrar en el modo que el poeta tiene de ver la realidad, y se busca hallar algunas se–ales de su mundo de valores morales. La admiraci—n es objeto de especial estudio, pues permite reconocer desde un ‡ngulo distinto los efectos que la visi—n produce en el ‡nimo de los sujetos. En suma, se trata de un an‡lisis estŽtico de los contenidos morales del mirar y de la visi—n.

 

This essay reviews certain general characteristics of the Greek language, some aspects of the "Homeric question" and finally the importance of the oral tradition in the transmission of the Homeric poems. In addition, themes and formulae are briefly considered. Through the study of vision an attempt is made to identify whether this is a way in which the poet's view of reality may be revealed and whether whithin this we can find some indications of the presence of a body of moral values. Wonderment is studied in some detail in this respect. In brief, this is fundamentally an aesthetic analysis of the moral value of observation and vision.


I. La lengua griega cl‡sica —segœn el testimonio de su literatura— muestra una inmensa riqueza de expresi—n. En efecto, ella utiliza un extenso vocabulario, un sofisticado sistema verbal, y una capacidad notable para formar nuevos tŽrminos compuestos. Esta aptitud aglutinante del griego, proporciona a la lengua una virtud pl‡stica excepcional. Por otra parte, sus voces poseen por lo general un sonido claro y sonoro, cualidad que se hace manifiesta en la notable musicalidad de su poes’a; y en prosa, esta condici—n es particularmente efectiva en ciertas p‡ginas de la filosof’a, la historia y la elocuencia. El orden de las palabras es libre y de apariencia f‡cil, permitiendo en ocasiones el m’nimo esfuerzo en la expresi—n.

         La descripci—n de unos arbustos en la Odisea muestra, incluso en     traducci—n, algunos de los rasgos antes mencionados:

Fuese, pues, a la selva que hall— cerca del agua,

en un altozano, y se meti— debajo de dos arbustos

que hab’an nacido en un mismo lugar,

y eran un acebuche y un olivo.

Ni el hœmedo soplo de los vientos pasaba por entre ambos, ni el resplandeciente sol los her’a con sus rayos,

ni la lluvia los penetraba del todo:

tan espesos y entrelazados hab’an crecido

(Odisea V 475).[1]

El relato fluye con particular naturalidad en la expresi—n, junto a una facilidad graciosa, en que se anudan ideas y palabras de un modo claro y sin artificios. Complementan el texto, adem‡s, cierta cantidad de part’culas expresivas, capaces de afinar la agudeza de una frase, o de matizar el sentido de una palabra o, incluso, representar un estado de emoci—n. En la cita de m‡s arriba, aparece tres veces la part’cula ara (Òpues, seguramenteÓ), la que no fue vertida por el traductor, porque a menudo, ara Òes una palabra, m‡s para ser sentida que traducidaÓ (Denniston, 32).

II. En cuanto al problema de la existencia de un poeta œnico, verdadero autor de los poemas la Il’ada y la Odisea, no sabemos a ciencia cierta si alguien llamado Homero fue el creador original de estas obras. Es, sin embargo, aparentemente correcto decir que los poemas homŽricos son, en su conjunto, la culminaci—n de un largo proceso de tradiciones poŽticas, en las que intervinieron numerosos autores an—nimos. Esta tradici—n popular fue produciendo (como lo ha se–alado la cr’tica) caracteres, temas y un cierto estilo y ritmo de composici—n. Desde este punto de vista se puede decir que Òesta poes’a, con su influjo poderoso, no es un comienzo, sino m‡s bien la madura conclusi—n de un largo desarrolloÓ(Lesky, 32). Los poemas homŽricos surgieron en Jonia, y, aunque representan una tradici—n m‡s antigua en cientos de a–os, hacia mediados del siglo octavo hab’an su forma m‡s o menos definitiva. Su origen es, por tanto, oral, y se conserva ampliamente en su estilo escrito este modo de composici—n. Esta caracter’stica tiene, quŽ duda cabe, una importancia capital en el tema espec’fico de este estudio.

A pesar, entonces, de los innumerables problemas que presenta la composici—n de una obra como la Odisea, parece seguro que su autor no habr’a sido un simple compilador; Žl supo indudablemente dar unidad art’stica a todo ese vasto material. La Il’ada tiene como tema central la ira de Aquiles, aunque otros episodios son incluidos en su trama. Es la epopeya de la guerra de Ili—n, Troya, y los acontecimientos centrales acaecidos a sus hŽroes y hero’nas. Es perceptible una unidad tem‡tica, en la que Òel œltimo libro retoma los temas del primero, y muestra el final de la ira con la que el poema comenz—Ó*. En la Odisea, el retorno de Odiseo (o Ulises, una forma latinizada del nombre del hŽroe) persiste como tema central a travŽs de las diversas aventuras del protagonista. A pesar, pues, del ingente material poŽtico, y la variedad de las fuentes —todo ello dif’cilmente atribuible a un solo hombre— pervive sin embargo esa unidad fundamental de tema, esa caracterizaci—n estable y continua de los personajes, ese sello propio del mundo descrito y de sus contornos, que sugieren la presencia del genio, de una sola mente que actœa como moderador de convergencias, a la que una tradici—n venerable ha llamado Homero.

III. Debemos suponer, por otra parte, que los or’genes de los cantos homŽricos hunden sus ra’ces en la Žpoca micŽnica, cuyo florecimiento se sitœa entre los siglos XIV y XIII. Con el derrumbe de esta civilizaci—n, en el siglo XII, sucumbe tambiŽn con ella todo un estilo de vida, del que solo quedan se–ales tenues. La nueva sociedad, fundada sobre sus ruinas, usa ya el alfabeto fenicio —en un per’odo posterior al 1000 a. C.—, y la escritura se impone poco a poco a costa de los poetas recitadores.

Cuando los poetas pre-homŽricos, un tipo de bardos, entonaban sus versos, no memorizaban propiamente, sino que recreaban un material conocido para ellos y que era adaptado a una situaci—n espec’fica. El bardo usaba f—rmulas tradicionales, frases, ep’tetos, con la libertad de su propia capacidad e imaginaci—n poŽticas. Se trataba, entonces, de Òun cantor capaz de improvisar con particular habilidad y efectividadÓ.[2] Todo este acervo literario de generaciones de poetas populares, se supone que encuentra en Homero a su genio unificador. Su lugar de origen se podr’a localizar en las islas del Egeo o en las costas jonias del Asia Menor, probablemente a mediados del siglo VIII. No se puede dar por terminada, sin embargo, la controversia en torno al tema. Se piensa generalmente que Homero no pudo haber sido el autor de ambos poemas, puesto que estos difieren demasiado extensamente en lenguaje, estilo y pensamiento, para ser adscritos a un solo y mismo autor (FrŠnkel 6-8). Ahora bien, si suponemos o no que son dos los Homeros, parece de todas maneras razonable concluir que Òla fuerza de los poetas homŽricos est‡ en la destreza de su composici—n, la de los poetas orales en la improvisaci—nÓ.[3]

El triunfo de la escritura termin— por poner en crisis el antiguo sistema de transmisi—n, de modo que, en la Atenas del siglo VI, Pis’strato habr’a hecho poner por escrito los poemas homŽricos, que de otra manera, corr’an el riesgo de perecer en el olvido o la desintegraci—n. De aqu’, o de un contexto hist—rico an‡logo, surgen los rapsodas, que recitan ahora, en forma memorizada, un texto ya fijado por la escritura y la sanci—n pol’tica. Frente a un texto ya consolidado de las epopeyas griegas, permanece una pregunta, no del todo solucionada, que puede formularse de la siguiente manera: ÒÀD—nde, en el desarrollo de los poemas, deber’amos encontrar la gran figura o figuras que, finalmente, modele la Il’ada y la Odisea en la forma evidentemente art’stica y meditada en que nosotros la conocemos?Ó(Gaunt 172). Porque las obras son evidentemente el resultado de una planificaci—n cuidadosa, que, suponemos, Òen ningœn caso pudieron ser creados sin la ayuda de la escrituraÓ.[4]

Homero era ya indudablemente antiguo para el hombre de la Grecia cl‡sica, un testimonio de una Žpoca ya fenecida, heroica y aristocr‡tica, y en que los mortales aœn alternaban con los dioses. Pero el poeta ser‡ siempre considerado, hasta la extinci—n del esp’ritu griego antiguo, de tal manera el padre de la HŽlade, que, como afirma Nietzsche, podr’amos decir que Òlos griegos que sue–an son Homeros, y que Homero es un griego que sue–aÓ (Nietzsche, 47). Y podemos percibir, por otra parte, en los poemas homŽricos Òllamaradas de algo m‡sÓ que un inicio del dominio del alma griega sobre sus mitos; es decir, podemos percibir en ellos la representaci—n de Òun genio ordenador del mundo, que logra armonizar al hombre y a la naturaleza, a los hombres y a los dioses, en tal forma, que los siglos sucesivos pudieron extender y elevar esta armon’a hasta lograr la gloria del helenismoÓ (Finley ,26).

IV. El mito griego comienza, as’, a configurarse en la Žpoca micŽnica, aunque suponemos que la Žpica griega adquiere una apariencia reconocible para nosotros en tiempos inmediatamente posteriores, es decir, durante los siglos XII al VIII. Ahora bien, los descubrimientos en torno al Linear B —el sistema de escritura en griego de la administraci—n micŽnica— y su desciframiento en 1953, Òhan demostrado que los micŽnicos eran griegos, o al menos hablaban griego"(Chamoux, 16-17). Se poseen en la actualidad, por lo tanto, textos escritos pertenecientes a la civilizaci—n helŽnica de Žpocas probablemente en torno al siglo XV antes de nuestra era. En esas circunstancias, Òesta perspectiva nueva autoriza a poner el acento no m‡s en la ruptura, sino en la continuidadÓ (ibid.). Ya que —conforme a la informaci—n de que dispongo— no poseemos aœn textos propiamente literarios provenientes de esas tablillas de arcilla cinceladas en Linear B, podemos decir, entonces, que los poemas homŽricos son la primera manifestaci—n transcrita de la literatura griega.[5]

V. Desde el punto de vista de su actitud frente al conjunto de la realidad humana y del mundo,.se ha considerado a Homero como un poeta natural, en cierto sentido ingenuo, Quiz‡ sea v‡lido para este universo lo que Nietzsche afirmaba del mundo art’stico del sue–o, en cuanto distinto del de la embriaguez, y en cuanto representativo del impulso apol’neo. Son mundos de ensue–os, manifestadores de bellas ilusiones; se mira el entorno con ojos l’mpidos, como quien no desconf’a del valor permanente de toda apariencia y de cuanto percibimos por nuestros sentidos. En esa situaci—n, la duda casi no existe; se goza, m‡s bien, de una aprehensi—n inmediata de la figura, en que Òtodas las formas nos hablan, no existe nada indiferente ni innecesarioÓ (Nietzsche 41). No parece dif’cil poder mostrar algunos ejemplos que nos muestran esta perspectiva de las cosas. El poeta es sensible a la manifestaci—n de de la apariencia sensible del mundo en su individualidad y en su armonizada complementaci—n; describe su entorno con pinceladas certeras, en que los objetos —ba–ados de la luz transfigurante del Mediterr‡neo— parecen cobrar vida:

All’ estaban las tinajas del dulce vino a–ejo

repletas de bebida pura y divinal,

y arrimadas ordenadamente a la pared.

(Odisea, 340 ss).

o puede suceder que el poeta penetre en una configuraci—n m‡s compleja de fuerzas cinŽticas y logre, con todo, mantener la atenci—n en un centro œnico, que se desplaza en medio de estas fuerzas elementales:

Hinch— el viento la vela, y las purpœreas olas resonaban grandemente en torno de la quilla, mientras la nave corr’a siguiendo su rumbo. (Odisea II 427 ss)

o describir la tumultuosa carga de un grupo de combatientes. En pocas l’neas se logra representar la arremetida de los troyanos en su momento cr’tico, para luego mostrar la declinaci—n casi instintiva de la furia del ataque, que se altera, desfallece, y finalmente, se muda en la pasi—n contraria:

Arremetieron los teucros como perros

que, adelant‡ndose a los j—venes cazadores persiguen el jabal’ y anhelan despedazarle;

pero cuando el animal, fiado en su fuerza,

se vuelve, retroceden y espantados se dispersan.

(Il’ada XVII 724 ss).

El ser humano se presenta, as’, ante la existencia sin complicaciones ni rechazos; y podemos ver en Homero lo que K. Jaspers dice en general de esa seguridad sin tragedia, propia de los estados pre-tr‡gicos, donde hay solo un lamento, una queja, pero en que Òno aparece ningœn desgarramiento de desesperaci—n, sino un sereno soportarlo todo con paciencia, y morirÓ.[6] De este modo, el dolor o el placer, el jœbilo o la tristeza, se expresan mediante un saber que podemos llamar ahist—rico, en que Òel ‡nimo de la vida permanece sereno, no interfiere ninguna lucha, ningœn obstinado desaf’oÓ.[7]

VI. A continuaci—n de estas consideraciones de orden general, podemos proceder a examinar con mayor detenci—n algunos aspectos peculiares de los poemas, con el objeto de analizar caracter’sticas que puedan ayudarnos a destacar mejor el tema de nuestro estudio. Uno de los primeros elementos que pueden llamamos la atenci—n, consiste en el uso frecuente de ciertas f—rmulas tŽcnicas que, como se hab’a visto, forman parte importante de los recursos memorizados del recitador.

No faltar‡n los ep’tetos que acompa–an a los mœltiples personajes de la obra, como el Zeus ÒaltitonanteÓ, el ÒdivinoÓ, ÒpacienteÓ o Òmagn‡nimoÓ Odiseo. Calipso es Òla divina entre las diosasÓ, y Atenea, la diosa Òde ojos de lechuzaÓ. Estos modos expresivos, no solo pudieron ayudar al h‡bil bardo a completar un verso, sino que tambiŽn infunden de hecho al poema, en ocasiones, el ritmo y equilibrio m‡s apropiados.

Es importante comprobar, por otra parte, que la poes’a Žpica se presenta con Homero en pleno estado de madurez. La raz—n de ello est‡, indudablemente, en el hecho de que Žsta representa la culminaci—n de una larga y rica tradici—n de poemas orales recitados por aedos. Estos poemas ten’an como finalidad entretener a una audiencia unas veces campesina, otras cortesana o, en fin, de alguna otra naturaleza m‡s general. Su poder art’stico les viene, segœn ellos cantan, de las musas, lo que significa en la pr‡ctica que en buena medida ellos improvisaban sus poemas. El recitador popular lleva consigo un repertorio de historias del pasado Žpico, y las utiliza segœn las circunstancias. No recita de memoria. Su tŽcnica consiste m‡s bien en el manejo inteligente de ciertas f—rmulas literarias ya probadas por la tradici—n, y en el conocimiento pormenorizado de las historias. Usa adem‡s el hex‡metro, verso de seis pies dact’licos,[8] cuyo œltimo pie, que ha perdido la s’laba final, es llamado disil‡bico.

La tradici—n le ha ense–ado al bardo tambiŽn a usar ciertas im‡genes, l’neas repetidas, pasajes comunes, ep’tetos convencionales, caracteres y comparaciones. Su maestr’a en la utilizaci—n puede sorprender gratamente a los oyentes, si en su circunstancia emplea estos elementos con la habilidad apropiada, con arte, o con originalidad. La escena puede a veces estar casi enteramente constituida con tales f—rmulas, que han sido especialmente destacadas en el siguiente ejemplo.

El divino Alejandro, esposo de Helena,

la de hermosa cabellera,

visti— una magn’fica armadura,

pœsose en las piernas elegantes grebas ajustadas con broches de plata; protegi— el pecho

con la coraza de su hermano Lica—n,

que se le acomodaba bien; colg— del hombro

una espada de bronce, guarnecida con clavos de plata;

embraz— el grande y fuerte escudo,

cubri— la robusta cabeza con un hermoso casco,

cuyo terrible penacho, de crines de caballo,

ondeaba en la cimera; y asi— una fornida lanza

que su mano pudiera manejar.

(Il’ada III 330 ss)

Quiz‡s estoy simplificando demasiado las cosas. La f—rmula es una cuesti—n muy debatida entre los estudiosos de Homero, y su inclusi—n en este estudio tiene un solo objetivo pr‡ctico, a saber, el de recordar que la visi—n del poeta se filtra, de un cierto modo, a travŽs de f—rmulas y temas tradicionales que se expresan en un lenguaje estilizado.[9] Se dice de la f—rmula que es una unidad mŽtrica y sem‡ntica.  [10] Se advierte en estas circunstancias una tendencia a ciertos ep’tetos que corresponden a la transmisi—n oral de f—rmulas poŽticas; hay tambiŽn, sistemas formales para nombres de personas, y esquemas narrativos. En este caso se describe un tema reconocido de la Žpica, en que se se–ala el acto mediante el cual el hŽroe se arma para el combate. Se puede distinguir, entonces, entre las f—rmulas, que son locuciones repetitivas, y estos motivos reiterados o escenas t’picas, —los temas — que apuntan m‡s bien al contenido. En cierto sentido se puede decir que Òestrictamente hablando no hay formulas tradicionales, y las f—rmulas de un poeta no son las mismas que las de otroÓ.[11] Todo esto corresponde, en parte, a una herencia literaria comœn a los pueblos indoeuropeos. En lo que respecta a las f—rmulas, se considera que Žstas no deben entenderse como simples ornamentos de estilo, o meros soportes para la recitaci—n o para la improvisaci—n (Haudry, 12). Se dice incluso que ellas Òson se–ales de relaci—n entre las cosas: conceptualizaciones tradicionales, percepci—n del hombre y del universo, valores y aspiraciones de la sociedadÓ.[12] .

Por otra parte, una caracter’stica importante de los poemas homŽricos est‡ en su versificaci—n en hex‡metros, con el uso de un ritmo de s’labas largas y breves como elementos indispensables de recitaci—n. En esas condiciones, Òcada verso tiene un nœmero definido de s’labas o  posiciones mŽtricasÓ, y ÉÒel verso es tratado como un flujo continuo de sonido, dividido en s’labas de acuerdo con la secuencia de consonantes y vocales, sin considerar el final de las palabras o pausas gramaticalesÓ (West, 2).

VII. Los poemas homŽricos revelan, como es mi intenci—n revisar aqu’, una sensibilidad visual que se hace especialmente evidente en las descripciones del paisaje. Esta sensibilidad, en cierto sentido, nos permite conocer mejor la actitud de un espectador homŽrico frente a su mundo circundante. La detallada descripci—n del panorama que rodea la gruta de la ninfa Calipso, Òdivina entre las diosasÓ y enamorada de Odiseo, es un buen ejemplo de ese triunfo que la apariencia del entorno parece ejercer sobre el hombre.

Rodeando la gruta, hab’a crecido una verde selva

de chopos, ‡lamos y cipreses olorosos,

donde anidaban aves de luengas alas:

bœhos, gavilanes y cornejas marinas de ancha lengua, que se ocupan en cosas del mar.

All’ mismo, junto a la honda cueva,

extend’ase una vi–a floreciente, cargada de uvas;

y cuatro fuentes manaban, muy cerca una de la otra, dejando correr en varias direcciones sus aguas cristalinas

(Odisea V 63 ss).

Al ver ese hermoso espect‡culo, Hermes, el enviado de Zeus donde Calipso, se admira, mientras contempla el bosque, y se detiene con un sentimiento de placer. Son elementos simples aunque primordiales de un sentimiento estŽtico y, quŽ duda cabe, de una actitud que en la Žpoca cl‡sica habr’a de conducir a la ciencia, el arte y la filosof’a. En este œltimo caso, el mirar y el admirar de una cierta manera las cosas del mundo, ser‡n esenciales para el pensamiento filos—fico.

En esta mirada del poeta, se expresa una significativa vecindad con el paisaje, puesto que esta actitud existencial parece suponer en el hombre homŽrico, la certeza de que la creaci—n est‡ entrelazada de elementos fundamentalmente semejantes, constituyendo una forma de totalidad. Es un universo en que el Sol, el agua, los dioses, el mar, el hombre, la monta–a, forman un conjunto, quiz‡ sorprendente y heterogŽneo, pero vitalmente concordante. La mirada fina y penetrante que suponen estas descripciones, son una se–al de que hay cosas en el entorno que, por su afinidad, se hacen accesibles al observador. Se ha producido, as’, una convergencia y una connaturalidad entre el hombre y su mundo, cosa que supone, adem‡s, actitudes valorativas concretas frente a la existencia. En otras palabras, el modo de ver (y describir) la realidad mundana, se fundamenta en un universo moral. Es decir, los individuos comparte en la sociedad en que viven un universo comœn de valores, y su modo de relacionarse con el mundo y la naturaleza se expresa en una creaci—n de origen comœn y ancestral, los poemas de car‡cter Žpico.

Una situaci—n que pone a prueba lo que aqu’ se analiza, se manifiesta en el sentimiento de admiraci—n. Podr’a parecer que el asombro se–ala una cierta distancia del espectador frente a las cosas; pero tal como lo veo en ciertos pasajes de nuestra obra, la admiraci—n se presenta como el producto de la contemplaci—n de algo que, por ese mismo hecho, se impone forzosamente al espectador. El asombro hace manifiesto c—mo la cosa afecta el esp’ritu de quien la contempla, y patentiza, por eso mismo, el sentimiento de unidad con ella. En la admiraci—n se hace ostensible, mediante una suerte de vibraci—n concorde con el objeto, su simpat’a con Žl. Ese elemento residual de lejan’a —esa distancia necesaria y precisa que se necesita ante aquello que se admira— solo dice relaci—n quiz‡s con la intensidad de la experiencia, mediante la que el sujeto se hace m‡s consciente de su propia individualidad. Se sabe de ante mano que es imposible una fusi—n completa con aquello admirado. El verbo homŽrico theŽomai: Ôdirigir la miradaÕ, Ôcontemplar con asombroÕ, revela una ’ntima correlaci—n entre el mirar y el admirar. Cuando los itacenses ven llegar a TelŽmaco al ‡gora, y acto seguido sentarse en la silla de su padre; vuelven sus ojos hacia Žl, en un gesto de admiraci—n producido precisamente por Òuna gracia celestialÓ (Odisea II 12) operada por Atenea en el hijo de Ulises. Hay un acto colectivo de asombro por un objeto que logra producir en todos sensaciones estŽticas similares. Pero no es un concurso de belleza, sino el anticipo de una dram‡tica sesi—n de una asamblea pœblica. De ah’ que ÔgraciaÕ (kharin) sea un tŽrmino particularmente apropiado para representar el objeto en que se concentra ese sentimiento moral comœn. Esta ÔgraciaÕ, que lleva el ep’teto de thespes’en, que quiz‡s podr’amos traducir como ÔsobrehumanaÕ, ÔsobrenaturalÕ, se har‡ pronto m‡s evidente incluso por la destreza en el hablar, y el continente valeroso del hijo de Odiseo en la asamblea.[13] En sentido inverso, de un modo semejante TelŽmaco apela a los sentimientos de indignaci—n y de vergŸenza, para conseguir la comprensi—n y simpat’a del pueblo frente a la arrogancia de los pretendientes de su madre (Odisea II 64 ss). La Òsensaci—n de vergŸenzaÓ (aid—s), con un significado cercano al de ÒpudorÓ, se–ala la presencia de una transgresi—n de lo moralmente deseable y aceptable. Las infamias y ultrajes de los pretendientes, por otra parte, son vistas por Ulises, precisamente, como carentes en absoluto de aid—s (Odisea XX 171).

Las obras del arte humano tambiŽn forman parte del entorno; y es interesante ver la reacci—n de los personajes homŽricos frente a ellas. La Òmansi—n excelsa del glorioso MenelaoÓ, es contemplada por el joven TelŽmaco y su acompa–ante con admiraci—n, y se satisfacen de Òverla con sus ojosÓ(Odisea IV 42-46). Muy semejante es la actitud de Odiseo frente a la Òmansi—n excelsaÓ de Alc’noo, rey de los feacios, Òque resplandec’a como un brillo del Sol o de la LunaÓ (Odisea VII 84-85). La descripci—n misma del poeta, deja en evidencia para nosotros el impacto que crean en el hombre homŽrico los productos de la industria y el arte de su propia civilizaci—n. No es raro que al hombre de todos los tiempos este tipo de cosas causen impresi—n. Lo que quiero enfatizar aqu’ es m‡s bien el modo de verbalizar estas emociones y, en consecuencia, la especificidad cultural de esas sensaciones.

Iba admirando Odiseo los puertos y los finos nav’os,

y las ‡goras de aquellos hŽroes y los muros, grandes, altos, provistos de empalizadas: una maravilla de ver.

(Odisea 43-45)7

Estas construcciones hacen admirarse (th‡umadsen) a Odiseo, sin duda que Ôal ser vistasÕ (idŽsthai); y son para Žl un Òmotivo de asombroÓ (th‡uma). Y si bien son los ojos los que ven, el —rgano por excelencia de esta contemplaci—n admirativa es un conducto elusivo que suele traducirse por Ôcoraz—nÕ: su nombre griego es thym—s. Ahora bien, es all’ precisamente donde Odiseo experimenta estas sensaciones: the—i theŽsato thym—i. (Odisea VII 134). Es aqu’ sin duda donde se siente el sentimiento estŽtico m‡s profundo, y como es f‡cil de entender, no se trata de un —rgano claramente espec’fico; es talvez un conjunto de —rganos o una regi—n del cuerpo. ÒWhere qumovõ is concerned in thought or emotionÓ, dice R. B. Onians, Òit is the chest or the heart or the lungs that are usually referred to. These are the organs of the mind, the central consciousnessÓ (Onians, 79). El thym—s, en todo caso, no queda f’sicamente limitado al pecho, aunque s’ alude ordinariamente al vigor vital del ser animado, que es visto por lo general en conexi—n con los pulmones y el coraz—n.

Estas experiencias del esp’ritu homŽrico no son a mi juicio meros arranques emocionales de una cultura primitiva. Ellas muestran la sencillez y la profundidad de una identidad cultural claramente definida, carente en un sentido general de ese malestar propio de una civilizaci—n en desintegraci—n. Aparte de ese lado oscuro que vemos especialmente presente en el salvajismo de la guerra y sus consecuencias, o en la conducta de los pretendientes y su cruel eliminaci—n, la Odisea describe por lo general un mundo de fuertes convicciones espirituales.

Nos hallamos, entonces, ante un universo de hŽroes (que vuelven a casa), y ante una cultura que puede ser descrita como Òde guerrerosÓ, basada en la valent’a y el honor (Finley, 137). Toda esta realidad se mueve al interior de horizontes concretos, de relativa estabilidad. Son el universo en que se vive la vida; en suma, la apariencia de todo lo que circunda la vivencia humana.

VIII. En medio de esa vivencia confiada en la apariencia, un Òtemor reverencialÓ (sebas) posee a Odiseo al ver a Naus’caa (Vel‡squez 72-73). De all’ que, usando una inesperada analog’a, Žl se vuelva para recordar su experiencia ante la visi—n de un Òjoven reto–o de palmeraÓ (ph—inikos nŽon Žrnos) que hab’a brotado junto al altar de Apolo en Delos. Nauss’caa, comparada con la palmera, me parece se–alar un proceso de desplazamiento horizontal, en que se establecen comparaciones de un car‡cter m‡s bien lineal, aunque l—gicamente no se hallen aqu’ mayores rastros de un mŽtodo totalmente vertebrado. La comparaci—n, con todo, de Naus’caa y la palmera, aumenta el poder evocador de la vivencia presente de Odiseo, al ponerla en contacto con una situaci—n de suprema manifestaci—n de lo bello. Al situada, a su vez, en un contexto referencial (representado aqu’ por Òel reto–o de palmeraÓ) reduce, en cierto modo, la potencia disolvente de la presencia de una imagen avasalladoramente bella, que impedir’a el discurso de la palabra poŽtica o los pensamientos discursivos del razonar humano.

Rodeado de todo el vasto mundo de su experiencia religiosa, Odiseo dirige una mirada focal (thym™i: Ôen su ‡nimoÕ; Od. VI 166), de car‡cter individualizador, a la palmera. El reto–o, con todo, no surge aislado: lo circunda precisamente aquello que hace posible ese momento œnico de cristalizaci—n contemplativa:

En Delos vi yo alguna vez algo semejante en un reto–o de palmera, junto al templo de Apolo,

pues yo estaba tambiŽn all’,

y un pueblo numeroso me segu’a en el camino,

de donde se habr’an de seguir funestos males para m’. Tal como al ver aquella palmera me quedŽ estupefacto por largo tiempo,

pues jam‡s reto–o tal hab’a surgido de la tierra,

as’, mujer, me maravillo ante ti y me quedo estupefacto.

(Odisea VI 162-168).

La procesi—n religiosa junto al templo de Apolo, el altar, el pueblo que le acompa–a en el camino, proveen al relato de un contexto de formas, susceptible de condicionar el surgimiento de la palmera como centro estŽtico fundamental. Todo un horizonte vital se hace presente junto al poeta, haciendo posible en medio de Žl, la irrupci—n casi aterradora de un objeto de arquet’pica belleza. En ese objeto peculiar, subyace la totalidad de un ‡mbito previo de belleza, el mundo, por decir as’, de su representaci—n de la realidad. El poeta pone as’ en evidencia la existencia de un cierto juego l—gico entre la totalidad de la experiencia vivida y esa parte, œnica, espec’ficamente privilegiada, en la que vibra el todo individualizado y el individuo totalizado.

Adem‡s de toda esta genuina admiraci—n, que puede parecer sin embargo por momentos un tanto ret—rica, la comparaci—n que se hace de la doncella con el reto–o de palmera alcanza un profundo dramatismo. Hay en esta analog’a una se–al de comprensi—n del parentesco profundo que une a todas las cosas entre s’.

La doncella y la palma son puestos en un plano de equivalencia, y se transforman ambos en objeto de contemplaci—n admirativa. Hay, al mismo tiempo, un sentido de apreciaci—n de las cosas del entorno de no f‡cil comprensi—n para nosotros; en efecto, el reto–o de palmera y la doncella, al ser comparados, experimentan un proceso de equiparaci—n valorativa muy significativo, que supone una gradaci—n de valores espirituales de un car‡cter especial y sugerente.

IX. Las divinidades, a su vez, juegan un papel esencial en la concepci—n de mundo del hombre homŽrico. Ellas intervienen en los asuntos humanos y alternan con ellos en distintas circunstancias. Pueden mostrarse a menudo sensibles, a veces celosas; y, por lo general, est‡n muy dispuestas y resueltas a la acci—n. Atenea ocupa un lugar central en las aventuras de Odiseo. Le acompa–a sobre todo en sus pesares; aunque el mundo de los dioses, su verdadera habitaci—n, est‡ alejado del devenir corriente de los hombres. En agudo contraste con la descripci—n de Odiseo en su balsa a merced de los vientos y las turbulencias marinas, que tiene lugar en el libro V, el poeta, en el canto VI, en breves y enŽrgicas l’neas, pone su atenci—n en la morada ol’mpica de los dioses. Dice:

Cuando as’ hubo hablado, Atenea, la de ojos de lechuza, fuese al Olimpo, donde dicen que est‡ la mansi—n perenne y segura de las deidades; a la cual ni la agitan los vientos,

ni la lluvia la moja, ni la nieve la cubre

—pues el tiempo es all’ constantemente sereno y sin nubes—

y en cambio la envuelva esplendorosa claridad;

en ella disfrutan perdurable dicha los bienaventurados dioses

(Odisea VI 41 ss).

Se ha se–alado con justicia el tono Ôrom‡nticoÕ de este pasaje, altamente poŽtico.[14] En esa mansi—n divina, todo es seguro y firme, como conviene al poder y majestad de los dioses. Los mismos elementos naturales que agitan y circundan el habit‡culo del hombre est‡n tambiŽn presentes all’, pero dominados, en estado de transfiguraci—n serena y esplendorosa; es la monta–a en que habitan esos dioses, en cuya diafanidad Mar’a Zambrano ve Òla transparencia que vence al misterioÓ (Zambrano, 47). Y en esa cumbre est‡ de algœn modo la contrapartida de lo humano, la aspiraci—n ideal de los proyectos superiores del hombre, obligado a vivir en medio de una realidad muchas veces hostil. Pese a la brevedad de estos trazos, es claro que estos versos se–alan una visi—n de algœn modo m‡s trascendental de los dioses.[15]

Por otra parte, se ha hecho ver con justa raz—n que estos poderes sobrenaturales que son llamados dioses, poseen un car‡cter fuertemente antropom—rfico. Sabemos hoy que esta caracter’stica no es una creaci—n homŽrica, sino que tiene hondas ra’ces en la literatura del cercano oriente antiguo, en especial la de las regiones hititas y ugar’ticas. Con excepci—n del Egipto, Òla koinŽ cercano oriente-egea supone muy claramente un pante—n de dioses antropom—rficos, que dialogan e interactœan entre s’ de un modo humano; que aman, se enfadan, y sufren, y que est‡n relacionados mutuamente como esposos y esposas, padres e hijos; adem‡s, hay una asamblea de dioses, y la monta–a de los dioses est‡ en el norteÓ (Burkert, 182).

Teniendo en cuenta estos antecedentes, parece interesante revisar ciertas situaciones relacionadas con los dioses y que coinciden con los temas que nos ocupan. Si bien es verdad que las divinidades de la Odisea cobran caracter’sticas humanas, en especial en sus relaciones mutuas, no deja de sorprender que al mostrarse a los humanos toman el aspecto de otra persona —no, por decir as’, el de su configuraci—n iconogr‡fica—, como es el caso de la diosa Atenea en su conversaci—n con TelŽmaco (Odisea I 105: eijdomevnh xeivnw/): Òdej‡ndose ver como extranjeroÓ). La formulaci—n es generalmente la misma: la divinidad se deja ver de un modo elegido por ella, segœn las circunstancias. Me pregunto si no habr‡ aqu’ una situaci—n m‡s de fondo relacionada con el mirar; es decir, de c—mo vemos a los dioses, que a pesar de actuar como hombres y tomar figuras humanas son, al mismo tiempo, reconocidamente poderes superiores y distantes.

TelŽmaco no reconoce a la deidad sino en el momento en que Žsta, Òcomo un p‡jaro se puso a volar hasta perderse de vista (an—paia)Ó (Odisea I 319). Se la reconoce solo al partir; e incluso all’ su epifan’a es como la met‡fora de un ser que se desvanece r‡pidamente en la altura.[16] La expresi—n an—paia es un ‡pax en los cantos homŽricos, y se la interpreta de diversos modos. ÀVol— sin ser vista? ÀO quiz‡ por los aires; o m‡s espec’ficamente por lo alto del techo? Incluso se ha sugerido la idea de un ‡guila. Pero el hecho m‡s significativo est‡, a mi juicio, en los efectos inmediatos que la partida de la diosa produce en el ‡nimo de TelŽmaco, a saber, una suerte de vigor espiritual para llevar a cabo su empresa; luego, una clara certeza de haber reconocido a una divinidad; y, finalmente, un quedarse at—nito en lo ’ntimo de su ser. Son como efectos ÔsacramentalesÕ que deja la presencia divina en el alma de quien la experimenta mediante una revelaci—n sensible.

Una situaci—n semejante se presenta en Odisea III, 371 ss. La diosa, que permanec’a bajo el aspecto de MŽntor, se hace manifiesta cuando Òparti— bajo la forma (eidomŽne) de un ‡guilaÓ. La figuraci—n bajo el aspecto de ‡guila es aqu’ esencial para el desenvolvimiento de toda la escena. Se inicia por los ojos (iden oftalm—isin), continœa con una suerte de desconcierto (thambos) que sobrecoge a todos los aqueos, y culmina en un estado de admiraci—n (th‡umdsen), que el texto atribuye especialmente al anciano NŽstor.[17]

Queda as’ configurada la presencia de ciertas tem‡ticas en la Odisea, que evidencian un fino desarrollo de la percepci—n sensorial, espec’ficamente visual, en momentos de especial significaci—n de la obra. Muchos de los secretos del arte de Homero, sin embargo, permanecen en su integridad y pureza, como siempre deber’a ser, en el thymos del poeta, solo insinuados para nosotros; porque, como afirma G. S. Kirk: Òincluso al final, la œltima palabra deber’a quedar con Homero mismoÓ.[18]

 

 

 

Bibliograf’a b‡sica

 

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Texto publicado en revista Aisthesis 28 (1995) 31 - 42, Instituto de EstŽtica, Universidad Cat—lica de Chile, con leves cambios.



*           La expresi—u Òuniverso moralÓ me fue sugerida por una frase de Malcolm Schofie!d, ÒThe heroÕs moral universeÓ, en su articulo ÒEuboulia in the IliadÓ, en The Classical Quarterly XXXVI N¼ 1 (1986) p. 17. A pesar de haber sido dicha en otro contexto, me parece consonante con los asuntos tratados en este trabajo.

 

[1]  La traducci—n utilizada, salvo expresa menci—n, es la de L. Segal‡ E.

[2]  A Commentary on HomerÕs Odyssey, vol. I, A. Heubeck., S. West, J B. Hainsworth, Oxford 1990 (1988), p. 11.

[3]  Ibid. p. 12.

[4]  Ibid. p. 12. Es la continuaci—n de una larga tradici—n, como se afirma all’, y la superaci—n de esta, cosa que solo se pudo realizar Òby using the art of writingÓ. Los griegos hab’an aprendido y adaptado la escritura fenicia a comienzos del s. VIII a. C.

[5] Los documentos de las tablillas micŽnicas contienen por lo general inventarios de tipo administrativo y otro tipo de asuntos como impuestos y listas variadas, no obras literarias. ÒLe LinŽaire B est un syst�me graphique dont les symboles rŽpresentent en majoritŽ des syllabes. Aux signes ˆ valeur syllabique viennent sÕadjoindre certaines idŽogrammes qui reprŽsentent globalement des mots (lÕhomme, la femme, le blŽ, le char, la coupe, le bronze, etc.), dÕautres symboles reprŽsentant des unitŽs de compte ou de mesure, et enfin des chiffresÓ, F. Chamoux, La civilisation greque, Paris 1983 (nueva edici—n) p. 17.

[6] K. Jaspers, Esencia y Formas de lo Tr‡gico (Uber das Tragische) versi—n castellana, Buenos Aires 1960.

[7] Ibid, p. 23.

[8] Dact’lico, es decir, que consiste de un pie b‡sico de una s’laba larga y dos breves; a veces, sin embargo, se substituyen estos dact’licos por espondeos, pies que constan de dos s’labas largas; aunque esto suced’a con menor frecuencia en el tercer pie y menos aœn en el quinto.

[9]  ÒGreek epic thought and expresi—n is typical, generic, stylised, and repetitiveÓ, dice J. B. Hainsworth, Homer, Oxford 1979 (1969).

[10] ÒIt is generally agreed that the existence of a formula is justified in that it is a metrical and semantic unit allowing the oral poet to express a given idea under given metrical conditionsÓ, Margalit Finkelberg, ÒIs klevoõ a[fqiton a Homeric Formula?, The Classical Quarterly (I) 1986, p. 2.

[11] J. B. Heinsworth, Homer, Oxford 1979 (1969) p. 17.

[12]  Watkins, citado por J. Haudry en Les Indo-europŽens, Paris 1981, p. 12.

[13] Ya es posible ver en este episodio, en germen, las virtudes que se supone deben adornar a un rey ante su comunidad. Y por supuesto, revela un ideal de hombre. En ÒEuboul’a in the IliadÓ, The Classical Quarterly XXXVI 1 (1986) p. 9, Malcolm Schofield afirmaba: ÒExcellence in councel is often coupled with prowess in figting as one of the two chief ways in which a man may outshine his peersÓ.

[14] ÒThe ÔromanticÕ tone of the pasaje is scarcely paralleled in Homer, unless in the account of HeraÕs seduction of Zeus in Iliad 14 (esp. 246-51) and in the description of the Elysian Plain at 4. 565-68Ó, A. F. Garvie, Homer Odyssey, Cambridge 1994, p. 92.

[15] A. F. Garvie, op cit. p. 93, se refiere a Òla pintura idealizada y de la vida feliz de los diosesÓ que hace aqu’ Homero, y se–ala la cita que hace [Pseudo] Arist—teles de este paso en De Mundo 400a6-14.

[16]  Algo semejante se hab’a concluido en A Commentary on HomerÕs Odyssey, p. 116: ÒWe are surely meant to suppose that he suddenly vanished and Telemachus saw instead a bird flying overheadÉÓ.

[17] En Odisea XIII, 299 ss, Atenea, que ya estaba conversando con Odiseo bajo otro aspecto, se manifiesta bajo su propio nombre (aunque no parece cambiar de aspecto). En esa circunstancia, a pesar de la aparente familiaridad con que la trata, Odiseo se expresa as’: ÒDif’cil es, Áoh diosa! que un mortal, al encontrarse contigo, logre conocerte, aunque fuere muy sabio, porque tomas la figura que te placeÓ (XII 312).

[18] G. S. Kirk, Homer and the Oral Tradition, Cambridge 1976, p. 111: ÒMany of the secrets of HomerÕs art remain inviolate, as they should and must. There are techniques and qualities of expression that the critic needs to explore and lay open, if possible, for others; yet in the end the last word should be with Homer himselfÓ.